Mendigo

Bajo las alcantarillas putrefactas
De cemento enmohecido,
Bajo las miradas superficiales, inverosímiles,
Provenientes de los acelerados caminantes,
Allí se encuentran ellos, con sus trapos…
Con sus olores a orina centenaria,
Con el pelo largo que parece extraído
De algún vertedero municipal.

No sólo soportan la toxicidad de la ciudad,
Sino también soportan
La hipocresía reinante en el ambiente.
Es cierta… quizás la mayor culpa
De su estado deplorable, es de ellos,
Pero nadie más que nosotros,
Somos responsables de quitar su dignidad,
Sus ojos perdidos entre luces espásmicas,
Calles de fluyentes caminantes,
Concentrados en encontrar destino.

Pero sí, nos acordamos una que otra vez al año,
De sus penurias y de que realmente existen,
Y vamos calando en nuestro ego,
Pensando que le hacemos un bien a la sociedad,
No nos damos cuenta… que nos perdemos,
En la miserable y estúpida mediocridad.

Ahí, frente a miles de electrodomésticos,
Pese a estar en el más mísero estado, aveces…
Cuando el río va más pesado,
Se les puede ver una sonrisa,
Esa sonrisa que no se nota, si uno no la observa,
Un chiste de quien ha dedicado su vida a nada,
Que es lo más nos espanta de ellos,
Su tranquilidad para esperar la muerte
O quizás… su parecido a aquel Mesías,
Que vino a recordarnos que existimos.

Nos observan, quizás nos espían,
Para el resto ellos son tan sólo parásitos,
Acostumbrados a abusar…
De los “vacíos legales” de la sociedad.
Supervivientes automáticos,
Entre bolsas de pulgas,
Y perros con pan.

Cabeza gacha mano extendida, piernas estiradas,
Trasero aposentado en el musgo de la selva,
Sube y baja el precio de la bencina,
Para ellos sube y baja el precio del pan.

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