I
La multitud enfervorizada gritaba su apodo y alzaba los puños. El líder de la Gran Revolución recorría por primera vez las calles de Salvador. Al menos, era primera vez que lo hacía desde que el movimiento había dado inicio unos meses atrás. Octavio era su nombre; su gente y quienes le seguían le llamaban El Maestro. Poseía un gran carisma y su discurso había llegado a todos los rincones del país a través de radios y literatura, todo esto clandestinamente ya que los militares prohibían que este tipo de mensajes proliferaran entre el pueblo. Pero aquí en Salvador ya no había miedo, pocos días atrás la ciudad había sido liberada de la opresión por el ejército revolucionario, que además seguía avanzando a paso firme, quedaban pocas ciudades, junto con la capital, por ser liberadas y la victoria era inminente. El día soleado hacia brillar los rostros sudados de los fervientes Salvadoerenses y de cada calle seguían apareciendo seguidores que venían a conocer al responsable de nuevas esperanzas de libertad.
Marta observaba la algarabía desde la ventana de su cuarto que daba a la plaza, este se encontraba en el segundo piso del burdel donde vivía. Habían pasado casi cincuenta años desde que su madre la había vendido, por cincuenta pesos, a la antigua cabrona del lugar, en aquel tiempo tal dinero alcanzaría para dar de comer un par de meses a la familia entera; la niña sería sólo una más, de las decenas que eran vendidas al mes para trata de blancas.
Sin saber bien por qué, Marta bajó las escaleras raudamente y salío a la calle para conocerle de cerca, abríendose paso entre la multitud. Poco importaba a la gente los empujones y uno que otro pie adolorido, esa mañana todo era júbilo y en la confusión no había tiempo para enojos. Al llegar a la calle, que bordeaba la plaza por donde él pasaría, Marta se quedó esperando con una sonrisa siempre dibujada al responsable de sus esperanzas. Entre brazos, ropas, gritos, iba avanzado el que exigía que el dictador Fernando Mitric dimitiera. Cuando por fin lo vió, él avanzaba con gran dificultad debido a la gente, que se acercaba para abrasarle o apretar sus manos. Entonces, al estar por fin a su lado, ella le extendió sus manos y él se las tomó sonriendo.
Las palomas nublaron el cielo mientras sostenía el cuerpo que caía. Del cuello de El Maestro, brotaba como un rio de mercurio, la vid de su vida. Al llegar al suelo, Marta le apretaba la herida y observaba sus ojos brillantes y doloridos, su boca abierta como queriendo atrapar todo el aire. Algunos hombres la apartaron para llevarse al herido, pero su sangre, sangre de Marta, regaría las calles con sus sueños de libertad y justicia, su vida terminaba donde había empezado, en los brazos de su madre.
II
Sólo diecisiete años tenía Marta cuando cuando quedó embarazada por primera y última vez. Ni aún con todos los malestares por estar en cinta lograba zafarse de sus tareas diarias con una vientena de clientes. La Cabrona, quien la había comprado, había muerto hace unos años, ahora su hijo Eduardo estaba a cargo del próspero negocio. Eduardo era un tipo corpulento y prepotente; habíase criado bajo la protección de su madre, quien se preocupaba de dar al pequeño todo lo que él quería; lo malcriado y violento se notaba ya a temprana edad.
Marta debía cumplir con su cuota mensual de veinte pesos, cuota que muy raras veces no lograba cubrir pues los turnos estaban muy bien programados; el negocio funcionaba como reloj. La joven madre había compartido la noticia sólo con su amiga íntima, Julia, quien era mayor por algunos años. Julia había llegado de muy lejos bajo la promesa de trabajar cultivando frutas.
Ah, si ya lo decía yo, algo raro te traías estos días – Dijo Julia abrazando a su querida amiga pero desviando una mirada de tristeza hacia el techo.
Debo tener algunos meses. No puedo seguir disimulando pero, tengo mucho miedo de Eduardo.
Tú sabes lo que les ocurre a todas, pero, ¿Qué quieres hacer? - El rostro de Julia lograba apenas disimular la angustia que la embargaba.
No sé, quiero tener a este bebé. No me importa no poder seguir aquí – Marta miraba el piso como un niño pidiendo perdón.
Haremos algo – La amiga se apartó mirando fijamente hacia el exterior a través de la ventana de su pieza, y tras un breve instante dijo- Ese tal Patricio.
¿Qué pasa con él?.
¿Te quiere mucho no?, además está sólo, y vive del negocio que sus padres le dejaron.
Convencer a Patricio demoró dos sesiones con Julia y unos ahorros de ambas. Pero él la quería y utilizaba ese dinero para asegurar que estuviese bien alimentada y en conseguirle visitas médicas.
III
Habían pasado ya varios meses desde el escape de Marta, ella había dado a luz un varón saludable a quien no le faltaba abrigo, comida ni pañales, todo esto gracias a la preocupación de Patricio. Ni el miedo a ser descubierta ni su infertilidad tras la operación, lograban borrar del rostro de la joven la dicha de amamantar a su pequeño hijo.
Eduardo aún descargaba toda su ira en contra de Julia, a quien sabía bien amiga de la fugitiva, pese a esto, ella nada decía y mantenía esa posición a como de lugar. Su cuota había subido al doble y como era imposible satisfacer tal exigencia, esto servía como una razón más para los maltratos. Cualquiera que se atreviese a ayudarla recibía la misma paga. Las más veteranas no estaban acostumbradas a esta forma de vivir, La Cabrona era exigente y cruel pero nunca les tocaba un pelo si ellas “se portaban bien”, como siempre les repetía. Tan dramática se volvió la situación, que poco después de que Eduardo encontrase a Marta, al ver que ahora eran dos las que recibían rutinarias golpizas, las mujeres urdieron un plan, que como resultado, obtuvo el cuerpo de Eduardo comprimido junto con desperdicios de la ciudad en un camión de basura.
Era una oscura tarde de agosto, cuando Eduardo hizo la visitó la casa de Patricio. El hijo de La Cabrona entró al negocio (que quedaba en el primer piso de la construcción) caminando lentamente y observando la disposición de los artículos, como buscando una herramienta para llevar. Por fin, fijó su vista en una serie de hachas dispuestas en un mostrador, tomó la mas grande, y la observó por unos segundos como queriendo averiguar su calidad.
Buena elección – Dijo Patricio, tragando saliva, pero actuando muy natural.
Sí, pero sabes, no vengo por esto – Tras una pausa, todos los clientes desalojaron el local mientras Eduardo observaba las herramientas dispuestas en el techo.
Ella no es tuya. Ahora está conmigo y la protegeré.
Como quieras – Y tras un bramido el hacha pasó a penas por encima de la cabeza de Patricio quien logró esquivarla. Corrió tras un revolver que guardaba en un cajón, pero a penas lo sacó cuando 90 kilos le cayeron encima. Poca resistencia pudo oponer. Los golpes, eran como masasos de una máquina que clava vigas en la tierra.
Dejando a su víctima agonizando, el verdugo subió las escaleras. Abrió la puera del primer cuarto que encontró y sólo halló cajas con artículos de ferretería. Siguió su búsqueda, y en la tercera puerta encontró parte de lo que buscaba, era un cuarto con una cama pequeña sobre la que se encontraban ropas de Marta, al lado de esta, una cuna en la que un bebé dormía pese a la ruidosa visita.
Que tenemos aquí – Y se dispuso a tomar al bebé.
Marta corría por un callejón con su bebé llorando, pero no podía escucharlo pues el balazo que propinó a Eduardo la había dejado con un intenso pitido en sus oídos. Debido a esta sordera temporal, lo único que sintió del nuevo disparo, esta vez realizado por Eduardo, fue la bala que se alojó en su muslo izquierdo, a penas logró contener a su bebé entre sus manos. Con un coraje de leona, Marta llegó al final del callejón que daba a una calle principal. Afirmándose en las paredes de los edificios llegó donde un camión estacionado que recién había puesto su motor en marcha. Trepó por la parte posterior que estaba cargada casi a tope con heno suelto donde puso al bebé a resguardo.
¿Con que viajando gratis eh? -
El conductor del camión tiró con suficiente fuerza de las ropas del polizón como para bajarlo con nulo cuidado, pero al apoyar su pierna dolorida Marta resbaló y fue a dar contra el piso, el golpe en la cabeza la dejó aturdida y el chofer prefirió partir.
Marta despertó al día siguiente amarrada a una cama que casi ya no recordaba. Era la cama del cuarto que daba a la plaza, en el segundo piso del burdel. Entonces recordó lo que había ocurrido y una sonrisa se dibujó en su rostro, de alguna forma, sabía que su bebé estaría bien y esta sonrisa no se borró, ni aún cuando al minuto entró Eduardo.
Tienes suerte bastarda, el maldito no tenía más balas en su revolver. Pero nunca más te me escaparás.
Y aún en la golpiza, la sonrisa no era borrada de su rostro, y su mente vagaba lejos, donde la vida era diferente, donde los burdeles y las dictaduras ya no existían, mientras que las madres eran felices criando a sus hijos. Ella sabía que nunca lo volvería a ver, pero también sabía, que no había luchado en vano, una vida había sido salvada de aquel viejo burdel.