Una Semilla Flor

Me descubrí observando
Casi perturbado de ser niño otra vez,
Estupefacto, riendo,
Cómo payaso que ríe en el espejo,
Que ríe de sí mismo como recurrencia.

Era un embarazo, sangre de sus huesos
Huesos blandos, músculos débiles
Pulmones empapados, líquidos
Era el milagro, claro espejo
¡Era la vida!, me ponía de rodillas.

Pero ella aún no lo veía, era miedo
Lo que sus ojos reflejaban ayer
El temor de una noche lluviosa,
De platos rotos, gritos con furia
De una soledad fría de cariño.

Mas, el corazón palpitó fuerte
Bombeando sangre, tierra, sal, agua
Y él pateó suave, como toro
Que roza el manto del verdugo.

Pero luego algo ocurrió
Y él respiró, y de sus senos
Obtuvo el aliento y el fuego,
Endureció sus huesos, se nutrió,
Fortaleció sus músculos, gimió.

Hasta que un día, uno de agosto
El niño, y ahora el hombre,
La miró a los ojos y le habló
De sus alegrías y sus amores
De sus llantos ocultos en las noches.

Y ella pudo cruzar el espejo
Y se descubrió eterna
Como semillas del desierto en espera.

Una simple tarde

Era una expresión casi lujuriosa
La de esa tarde de ocaso con nubes de terciopelo,
Bien podría haber sido el fin del mundo
O una batalla entre los dioses del día y la noche.

Y tú parecías flotar como cartas de semilla,
Con tu bicicleta rodeabas los montes de flores
Que el vecino había dispuesto para el mundo,
Para que combinaran con las sonrisas
De los niños del barrio que tejían alegrías.

La noche se acercaba lento, se arrastraba
Y las mesas se empezaban a preparar
El pan caliente y los manteles de colores
El tesito dulce o una leche más inocente
Todo parecía amasado por manos extrañas.

Luego las sombras apagaban los rincones
Y los niños entraban a sus casas
Con sus estómagos relinchando
Y cuadernos que los esperaban:
Miles de libros en blanco.