La Gran Sorpresa

La luz cálida del Sol comenzaba a filtrarse entre las cortinas. Era una mañana de sábado, 8 a.m. y Esteban estaba en pie. Lavó sus manos, rostro, dientes; se vistió con la ropa preparada por su papá antes de dormir y abrió las cortinas para ver el cielo despejado de aquel día prometedor. Luego, mientras bajaba las escaleras, imaginaba lo que su papá le habría preparado. Pasaron por su cabeza una bicicleta, un auto a control remoto, una torta de mil hojas de dos metros de alto y hasta una pequeña piscina en el baño. Pero, lo que le había quitado el sueño por horas era aquel patio amplio, un gran patio donde se tendía en el pasto, se columpiaba bajo un árbol, jugaba al fútbol con pequeños arcos y, tras abrirse un portón, aparecía ese pequeño...
– Esteban, hijo – el pequeño abandonó el patio de su imaginación y se encontró, no recordando cómo, tomando desayuno e, incluso, había devorado ya algunos panqueques - ¿Qué te pasa hijo? Vaya que estás distraído esta mañana. No querrás que nos atrasemos, mira que el viaje es un tanto largo.
– ¿¡Viaje!? - El pequeño no pudo dejar de abrir la boca con un gesto bobo que dibujó una sonrisa en el rostro de su papá.
– ¡Ah! Sí, aún no te cuento nada de la sorpresa.
– ¿Viaje? - Ahora una sonrisa iluminaba el rostro del niño, que al instante se tornó en duda y una pequeña pausa- ¿Vamos a salir?
– Sí, hoy vas a conocer el mar – Y así, como si nada, Alfredo le daba esa bomba de noticia a su hijo, su único hijo quien, de sus nueve años, seis los había pasado en esa casa debido a una extraña enfermedad. Enfermedad que hacía de ese hogar un sitio con mayor limpieza que cualquier habitación de hospital. Atento en un panqueque en la sartén, Alfredo miró de reojo al pequeño que parecía haber quedado sin habla – ¿Qué te pasó? Parece que hubieses visto un fantasma, ya hemos hablado de eso y...
- ¿El mar? - Nada en el rostro de su papá indicaba que eso fuese una broma, y eso era extraño, pues Esteban ya era un experto en percibir eso.
- La sorpresa menor de hoy es que el doctor Huenúl me contó una muy buena noticia, has tenido un gran avance en tu recuperación. Y por eso, tomando algunos cuidados, podremos salir de casa. Pero la sorpresa mayor es que aprovecharemos e iremos a la playa, ¿Qué te parece?
Entre risas, llantos, trotes hacia su pieza, cocina, baño, y amontonar cosas para el viaje en el living, un eufórico Esteban le mostraba a su padre que la vida con tales noticias es un espasmo de alegría. Así, en tan solo un instante, el primerizo viajero estuvo preparado para abordar.


Vacas, árboles, casas, sembradíos, riachuelos, todo esto hacía brillar los ojos de Esteban, quien preguntaba el nombre de cada nuevo objeto, repitiéndolo siempre, para grabarlo a fuego en su memoria. Además, ¡Qué fantástico era eso de andar en automóvil! Ahora entendía por qué su papá tenía
tantas revistas del tema. Parecía al pequeño que iban rápido como el viento; que podrían, faltaba comprobarlo, ganar una carrera a una que otra ave.
– ¿Y podremos salir entonces, todos los años?
– Sí, todos los años, un día. Además, no traje tus pastillas, en estos días especiales, tampoco necesitarás medicamentos, solo tu inyección durante la tarde.
– Wuaaauu, ¿Y podré hacer lo que quiera?
– Hmmmm, déjame ver, hmmm, digamos que, podremos hacer lo que queramos.
– Ya, y ... ¿Y podremos ir a parques?
– Sí...
– ¿Y podré hacer nuevos amigos?
– Sí...
– ¿Y podré ... - Y tras unos minutos de interrogatorio, Alfredo usó un sucio recurso.
– ¡Ops! ¿Ves esa señal en el camino? Eso quiere decir que los pasajeros no pueden hablar hasta nuevo aviso, aprovecha y sigue conociendo el paisaje – Desde luego, Esteban se dio cuenta de la mentirilla de su padre, pero disimuló y regresó su atención al camino.
Tras tres horas de viaje, el comandante de la nave anunciaba la pronta llegada a destino. En todo este tiempo no habían aparecido otros vehículos. Gracias a tan curioso hecho, Esteban había elucubrado diversas teorías que explicaban el porqué la otra mitad del camino no era ocupada. En el momento del aviso, el joven pensador inspeccionaba sus ideas, la más aburrida de estas teorías, indicaba que la otra mitad debía ser utilizada en el regreso. Otra teoría más interesante, y la preferida, explicaba muy bien cómo en caso de emergencias un avión o un globo aerostático, y en ciertos casos más truculentos algún animal de grandes dimensiones, podrían utilizar este trozo de camino para... Pero el oscuro manto azul que comenzaba a dominar el horizonte allá lejos detuvo de súbito todo pensamiento del niño, nada lo había preparado para aquella omnipresencia, parecía que alguien había dejado la pizarra en blanco, o en este caso en azul; alguien había olvidado dibujar la otra mitad del mundo.
Llegaron pronto a un lugar de la carretera ubicado al costado de una playa. Luego, tras una pausa solemne observando, como quien contempla a su retador antes de una gran lucha, Esteban se apresuró a salir del vehículo.
- ¡Corre pero con cuidado! Y no te acerques mucho a la playa.
– Sí papi – Habiendo dicho estas palabras, la puerta se abrió de par en par, y entonces el ave planeó su vuelo inaugural en un cielo de arena. Alfredo contempló entonces, cómo se pintaba el cuadro del ave en vuelo ante un cielo nuevo, pero con la seguridad que brinda la confianza infantil. Luego, aquel aguilucho se detuvo en el aire, con todo el respeto de sentirse al borde de un gran abismo, y sintió el niño que era imposible escapar a él, que lo abrazaba para darle la bienvenida, era aquél lugar a donde nunca sospechó regresar. Y este era un lugar para el que los adjetivos eran inútiles.
Un instante después escuchó que su papá se acercaba y corrió hacia él para abrasarlo. Llorando sin saber por qué, su padre lo acogió esperando que su llanto se calmase.
– Bien mi aventurero, ¿Dónde pondremos la tienda? Sugiero que sobre esa pequeña colina, parece firme, buen lugar para instalar nuestra fortaleza – Sollozando, Esteban limpió sus ojos, miró la colina y fue corriendo hacia los paquetes que debían ser trasladados.
– ¡Pero yo la armo!.
El inexperto constructor pasó más de un mal rato enredando cuerdas y mal interpretando los dibujos del manual. Finalmente, tras aceptar un tanto de mala gana, recibió un poco de ayuda y el refugio de los conquistadores estaba preparado para recibir las provisiones y colchones correspondientes.
– ¿Me puedo sacar los zapatos?
– ¿Por qué demoraste tanto en preguntar?
– Ah, es que nunca... - Y salieron entonces zapatos y calcetines. Contemplando
nuevamente el horizonte, Esteban trajo una pregunta y un misterio de milenios- ¿Y qué hay más allá del mar?
– Más allá ... hay otros niños jugando – Esteban distinguió muy bien que su padre no estaba bromeando, y se sintió feliz de estar, de alguna forma, compartiendo esta experiencia con ellos.
– Ah, ¿Y podemos ir nadando hasta allá?
– Sí, pero eso será otro día, debemos prepararnos mucho para poder cruzar el mar nadando.
– ¿Y me puedo mojar?
– ¿Cómo serías un aventurero si no lo hicieras?
El poder hipnótico del vaivén de las olas y su rugir, del murmullo de las pequeñas burbujas de espuma, de las piedritas que masajeaban sus pies al caminar, solo podía ser vencido a ratos por el frío del agua. Frío que lo volvía más consciente y por más consciente más inmerso en ese lugar extraño, muy lejos de las cuatro paredes de su diario vivir.
Llegó la hora de comer y luego de la siesta en el refugio. Tras unas horas de un plácido dormir,
el niño despertó para ver a su padre, en la entrada de la tienda, mirando el horizonte de otro mundo. Un
mundo que orbitaba dos soles. Uno de esos soles, nunca antes visto, estaba a punto de caer.
– Ven a ver, ¿Recuerdas qué te hablé alguna vez de los cometas, y los asteroides?- El niño
asomó su cabeza para observar el espectáculo apoteósico.
– Sí, ese es un cometa.
– Casi, la verdad, nadie sabe muy bien qué es. Tiene brillo propio, y es enorme, que es lo
importante.
A la distancia que ellos estaban, la fantástica masa parecía más grande que la luna. Aunque, lamentablemente, esa masa estaba mucho más cerca que el inocente satélite y se seguí aproximando, atravesando la atmósfera y pronta a caer, más allá del mar.
– Bien, es la hora de tu inyección. No te preocupes, dicen que esa gran roca pasará de largo, ¿No te parece bonita la vista?
– Papi, da miedo - Dijo Esteban sentándose en las piernas de su padre y desnudando su brazo.
– Bien, no te preocupes, estás conmigo y nada ocurrirá – Alfredo inyectaba a su pequeño – Tal vez sea un planeta muy pequeño que nos viene a visitar.
– ¿Tú crees? - Y el niño cerraba los ojos por un repentino cansancio.
– Sí, imagina, qué planeta tan pequeño sería entonces si lo comparas con el nuestro. Tal vez hayan planetas aún más pequeños -Esteban comenzaba a sentirse somnoliento - Imagina, uno tan, pero tan pequeño, que sólo quepan tú, una rosa.
– ¿Y tendría volcanes?– Preguntó Esteban casi cerrando sus ojos.
– Sí, unos muy pequeños, que deberás limpiar todos los días para que no se tapen y estallen.
Esteban imaginó aquel pequeño y curioso planeta. Estando solo ahí, ¡Debía ser que esa rosa pudiese hablar! ¿Cómo podrían hablar los volcanes? Y él no podría estar sin alguien con quien conversar. ¿Qué diría aquella rosa? Le preguntaría primero cómo se llamaba, luego...

Alfredo abrazó fuerte a su pequeña ave, quien emprendió su último vuelo, más allá del mar, del horizonte y del mundo. Aún en este abrazo, la pared gigante de agua abrazó esta vez al hombre, quien había regalado a su pequeña ave aquel bello planeta con la rosa que podía hablar.

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